Hace tiempo que no leía un libro que me emocionara tanto. Me lleno de preguntas, de interrogantes; pensé mucho, tal vez demasiado. Me junte con gente que no veía hace tiempo porque tenía tantas, pero tantas, ganas de compartir lo que había leído. Es verdad que iba a discutirlo en clase con mis alumnos que son buenos, muy buenos, pero quería conectarme con la profundidad filosófica del argumento sin dejar a un lado mi sensibilidad.
Como mujer, como judía, como alguien que vive en la diáspora, como nieta de un judío polaco inmigrante, y como alguien que sigue sin entender del todo la cuestión judía, Eichmann me llena de angustia. Después de leer el libro me moría de ganas de ir a abrazar a mi zeide; pero él ya no esta y yo estoy lejos.
Mi zeide que llegó a la Argentina en barco escapándose del horror nazi. Mi zeide que lo perdió todo, y que sólo nos pidió que nos casáramos con "muchachos judíos." Incluso al escribirlo puedo escuchar su acento, tan pronunciado y dulce. Su pedido siempre me pareció cómico y obvio; pero después de leer a Arendt, lo entiendo. Frente a la profundidad del sufrimiento, logramos comprender aquello que en la superficie nos parece absurdo.
¿Cómo culpar a alguien como la tía Rebeca que después de sobrevivir a un campo de concentración se convirtió en una sionista radical? Después de lo que vivió no quiso nunca más, vivir en un estado que no estuviera gobernado por judíos. Vuelvo a pensar en mi zeide a quien después le toco volver a perder un hijo, mi papá, en manos de otra dictadura.
The holes of oblivion do not exist. Nothing human is that perfect, and there are simply too many people in the world to make oblivion possible. One man will always be left alive to tell the story.
Politically speaking, it is that under conditions of terror most people will comply but some people will not, just as the lesson of the countries to which the Final Solution was proposed is that “it could happen” in most places but it did not happen everywhere. Humanly speaking, no more is required, and no more can reasonably be asked, for this planet to remain a place fit for human habitation.
En toda mi puta educación judía en la Argentina, nunca leímos ni a Arendt ni a nadie que analizara o pensara acerca del Holocausto con alguna profundidad. Leímos lo obvio, que no por ello fue menos terrible. Por suerte mi vieja nos trajo Maus, y otros libros que lo hicieron un poco más interesante y tal vez, aunque no estoy segura, menos trágico. Todavía recuerdo que las viñetas que más me sorprendieron describían la intención del abuelo de enseñarle a su nieto como construir un bunker. La reacción de sorpresa y gracia que el nieto manifiesta reflejaba las respuestas que mi hermano y yo teníamos frente a los comentarios de mi zeide. “Los judíos siempre tenemos que estar preparados a escapar.”
Todo siempre me parecía una exageración. Después vinieron la Embajada, y la AMIA, y ya deje de decir y creer en muchas cosas.
La verdad es que estos días me obsesiona pensar en el significado de la libertad. Sé que esta no es una nueva obsesión porque hace años que escribo en un escritorio desde el cual se puede leer la respuesta de Pérez-Reverte:
“Es lo que yo llamo la carrera del prisionero. El ser humano está de rodillas, como un prisionero ante su verdugo. El universo nos tiene puesta una pistola en la sien y al final siempre aprieta el gatillo. Puede apretarlo con un tsunami, con el atentado a las Torres Gemelas, con el sida, con la vejez. La diferencia está en que hay seres humanos que se quedan de rodillas esperando el fin con resignación, o que buscan congraciarse con el verdugo. Y hay otros, los menos, que intentan echar a correr. Intentan ser libres y vivir durante quince metros. Es muy poco, porque el tiro al final llega igual. Pero durante esos quince metros que corre, el ser humano es libre. Esos quince metros se llaman amor, amistad, dignidad, decencia, caridad, honradez, coraje, compasión, solidaridad. En esos quince metros, aparentemente muy cortos, el ser humano puede hacer muchas cosas importantes. Toda la diferencia entre los hombres, para mí, reside en cómo corre o no corre esos quince metros. Eso es el libre albedrío posible dentro de las reglas generales de un cosmos que no tiene sentimientos.”